Nueve proyectos, un curso que me endeudó y una sociedad de la que me fui a tiempo.
De pequeño me pasaba el día imaginando cosas que no existían y preguntándome por qué las que existían eran como eran. Nunca me valió el «esto siempre se ha hecho así».
Hoy me dedico exactamente a eso: entrar en un negocio, mirar el trabajo que nadie mira porque siempre ha estado ahí, y quitarlo de en medio.
Entre esas dos frases hay nueve proyectos, un curso que me dejó endeudado y una sociedad de la que me fui a tiempo. Te lo cuento porque todo lo que hago ahora sale de ahí.
Al acabar bachillerato no sabía qué hacer. Me apunté a un grado de deportes y aquello fue exactamente eso: un sitio sin rumbo. Estuve dando vueltas hasta que descubrí LEINN, la carrera de Liderazgo, Emprendimiento e Innovación en la que estoy ahora. Ahí encajé.
Todos esos años tuve que compaginar la carrera con un trabajo para poder tirar adelante. En mi familia nadie ha tenido nunca un negocio: mis padres son currantes y yo soy el primero que se lo monta. No había red debajo.
Cuatro los creé yo de cero y participé en cinco más. Ocho no salieron. El noveno sí, y es del que acabé yéndome. Ya llegaré a eso.
Hubo cosas que sí funcionaron por el camino. A un cliente le monté un sistema de redes cuando llevaba un año entero clavado en 35.000 seguidores, y lo puse en 45.000. Pero un buen resultado suelto no es un negocio, y eso me costó años entenderlo.
En medio de todo eso me endeudé para pagarme un curso de growth partner. Gasté todo lo que tenía. Salí con mucho conocimiento y con una certeza muy clara: que eso no me iba y que no me quería dedicar a ello.
Hoy entro en empresas a montarles el sistema que les trae clientes y a cobrar por lo que ese sistema genera. Es decir: hago exactamente aquello a lo que dije que no, con otro nombre y por otro camino.
No lo cuento como una anécdota graciosa. Lo cuento porque me enseñó algo que uso todos los días: lo que rechazas casi nunca es el trabajo, es la forma en la que te lo enseñaron. El curso me daba un modelo cerrado que había que aplicar tal cual. Lo que a mí me hacía falta era entender el mecanismo por dentro para montármelo a mi manera.
El último proyecto sí funcionó, y sigue funcionando. Junto al equipo casi cuadruplicamos la facturación en ocho meses, lo que no se había conseguido en los dos años anteriores. Yo era uno de los que más horas le metía.
Y aun así, en la mesa donde se decidía no se contaba conmigo. No venía de una familia con empresa detrás ni tenía el respaldo económico que tenían ellos, y eso pesaba más que las horas.
Me fui antes de que aquello me hiciera daño. No me echaron ni me apartaron: lo vi venir y la decisión fue mía. Estaba estudiando una carrera de liderazgo emprendedor y no pintaba nada donde se decidía.
Los primeros días fueron de miedo del bueno: qué hago ahora, cómo consigo dinero, por dónde empiezo.
Mirando hacia atrás, todo lo que había hecho hasta entonces tenía el mismo fallo. Siempre dependía de alguien. De que la idea saliera. De que el curso me diera el modelo que prometía. De que en aquella mesa me dejaran decidir.
Así que lo primero que hice al quedarme solo fue montar algo que no dependiera de nadie. Ni siquiera de mí.
Empecé por lo mío, porque era el caso más difícil que tenía a mano. Mi cabeza va a saltos. Es lo que me hace ver conexiones que otros no ven, y es justo lo que la inutiliza para el trabajo que se repite igual todos los días. Podía pelearme con eso durante años o montar algo que se encargara de esa parte.
Monté el sistema. Y al hacerlo entendí que eso no era un problema mío: es exactamente lo que le pasa a una empresa cuando todo depende de que alguien se acuerde. La diferencia es que la empresa lo tapa metiendo a otra persona.
En 64 días le he metido 415 horas, y están apuntadas una a una. Lo enseño funcionando porque es la única prueba que vale.
Me fié de la IA. Le pedí que me montara algo, tiró por su cuenta, no hizo lo que le había pedido, y yo di por hecho que todo funcionaba sin comprobarlo. Perdí semanas.
Por eso ahora nada de lo que monto vale si no se puede enseñar corriendo. Y por eso te lo enseño corriendo a ti.
Todo lo que he conseguido ha salido de lo mismo: ponerme un objetivo con una fecha que no se mueve, y trabajar hacia ella en público. No es cuestión de disciplina. Es que una fecha no admite excusas.
El siguiente objetivo es mío y tiene fecha. Y detrás de ese vienen los que de verdad cuentan, que son los objetivos de cada cliente. Para eso monto lo que monto.
Porque creo que cualquiera debería tener la curiosidad de aprender algo nuevo y de buscarse la vida antes de pagar a nadie. Enseño el proceso entero por si le sirve a alguien para empezar el suyo, que es justo lo que a mí me habría venido bien.
Y monto sistemas para quien prefiere que se lo monte yo. No veo la contradicción por ningún lado.
Cuéntame qué sostiene tu negocio cada mes y te digo qué parte puede sostenerla un sistema. Sin presentación y sin compromiso.